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Península Valdés |
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| Intro | Transporte | Alojamiento | Comida | Excursiones | Ballenas | Cuándo ir | ||||||||||||||
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La observación de ballenas fue la apoteosis de un viaje muy disfrutado por la Patagonia. Por haber sido la experiencia más intensa de todas cuantas vivimos hemos querido dedicarle una sección aparte. La Península Valdés es el mejor lugar del mundo para contemplar la ballena franca austral - una especie en peligro de extinción - . Existen otros puntos en Brasil, África del Sur y Nueva Zelanda, pero ninguno en el que se puedan contemplar tantas ballenas y desde tan cerca. Casi la mitad de la población mundial de ballenas francas visita la Península todos los años para aparearse, dar a luz y cuidar de los ballenatos. Sin ser el más grande de todos los cetáceos, la ballena franca austral es un animal imponente, llegando a alcanzar 15 metros de largo y pesar 50 toneladas. EL DORADILLO La playa del Doradillo está a escasos kilómetros de Puerto Madryn. Se puede llegar a ella en bicicleta o en coche alquilado. Durante los meses del invierno austral las ballenas, con sus crías recién nacidas, se acercan muchísimo a la playa. Ahora en octubre, los cetáceos no se acercan tanto a la costa. De hecho nos habían dicho que estábamos perdiendo el tiempo yendo a la playa, que no íbamos a ver nada. Los agoreros se equivocaron. Vimos ballenas, sí, a bastante distancia, pero las vimos. Siete u ocho, en diferentes partes del golfo, mostrando orgullosas sus colas. La fotografía de la cabecera de esta página fue hecha en El Doradillo. La fotografía que pongo a continuación, también. Contemplando las ballenas a lo lejos en El Doradillo comenzamos a presentir que el avistaje de las ballenas iba a ser una experiencia llena de emoción. PUERTO PIRÁMIDES ¿CON QUIÉN HACER EL AVISTAJE? Las embarcaciones que realizan el avistaje de ballenas salen de Puerto Pirámides. El negocio del avistaje es altamente rentable, y existen varias empresas ofreciendo servicios parecidos - o casi -. Numerosas recomendaciones leídas en Internet no nos dejaban la más mínima duda de que queríamos hacer el avistaje con la empresa Moby Dick (la primera que os encontraréis al llegar al pueblo). El consejo y las explicaciones de Jorge, de las cabañas en las que nos alojamos, no hicieron más que reafirmar nuestra elección. Dejadme que os explique un poco mejor cómo funciona el avistaje de ballenas porque este es el consejo más valioso que os podemos dar. Casi todas las empresas salen a navegar durante 50 minutos. En ese tiempo no pueden ir muy lejos, y se quedan en la bahía de Puerto Pirámides. Si encuentran una ballena con su cría, permanecerán casi todo el rato dando vueltas en torno a ella. Si encuentran dos o tres ballenas, a sus clientes les parecerá el paraíso. Muchas de esas empresas funcionan como una cadena de montaje. Llega el autobús con turistas, abarrotan la lancha, salen y vuelven para poder embarcar una nueva carga de turistas. Por esa navegación de menos de una hora cobran AR$75. Una pareja que acababa de volver de una de esas navegaciones rápidas reclamaba indignada: "¡eso no es salir a ver ballenas". La Moby Dick sale a navegar durante dos horas y media. A las 10 de la mañana y la 1 de la tarde (luego hacen una navegación al atardecer de 4 horas, saliendo a las 5). Ese tiempo permite abandonar la bahía y adentrarse en el golfo, donde están la mayoría de las ballenas. Su embarcación tiene capacidad para 54 personas, pero nunca venden más de 34 lugares (nosotros salimos con 18 y 16 pasajeros respectivamente). Por esa navegación de dos horas y media cobran AR$120. Como la Moby Dick sale a mar abierto, solo lo hace si las condiciones del tiempo lo permiten. Por eso las salidas no están garantizadas. Por eso la empresa no sirve para la cadena de montaje del turismo enlatado que necesita la seguridad de una salida y de un horario rápido - porque sus clientes han de continuar la excursión meteórica por la Península -. Media hora antes de salir el capitán se acerca a la playa, ojea los partes meteorológicos, y toma una decisión. Tuvimos suerte porque amaneció un día precioso y la salida a las 10 de la mañana fue confirmada. La Moby Dick tiene además un diferencial muy especial. Su barco está capitaneado por el excepcional Fernando Alonso, un lobo de mar que ama las ballenas y las conoce como pocos. Ese conocimiento y esa pericia le permiten ofrecer a sus pasajeros una experiencia única e inolvidable, como podréis comprobar. PRIMER AVISTAJE A las 9.30 de la mañana estábamos en las oficinas de la Moby Dick. Nos pusimos el obligatorio chaleco salvavidas y declinamos la capa de plástico que nos ofrecieron porque llevábamos buena ropa impermeable. En seguida nos subimos a la embarcación, una zodiac enorme que sustituye ahora a la antigua embarcación de la empresa. Poco antes de salir de la bahía de Puerto Pirámides, nuestro primer encuentro con una ballena y su cría. En vez de aproximarse directamente a ellas, el capitán se adelanta a sus movimientos y se acerca de forma lateral. A poca distancia de ellas, desenchufa los motores del barco, como obligan las normas internacionales. No voy a decir que la primera ballena es la que más emociona, porque no sería cierto, pero sin duda causa un cosquilleo por el cuerpo. En seguida aparece otro par de ballenas que pasan al lado de la lancha, y continuamos nuestra marcha. Ya en el Golfo, comienza el festival de las ballenas. Empiezan a aparecer por todas partes, en grupos de dos, en grupos de cuatro, solas. Cerca del barco, lejos del barco, por todas partes. Los de un lado de la embarcación nos admiramos con la ballena que pasa a escasos metros de la lancha, los del otro se maravillan con el espectacular salto fuera del agua que acaba de dar un cetáceo. El barco se pone en marcha otra vez, la diversión no ha hecho más que comenzar. Alonso divisa una línea de ballenas entrando en el golfo, como si fuera un convoy de barcos durante la Segunda Guerra Mundial. Seis, siete, ocho, una docena de ballenas adentrándose en el golfo en fila india. Mientras tanto, una cría aislada se acerca a la embarcación, y el capitán se ve obligado a encender los motores y alejarse. Por un doble motivo. Por un lado, si la cría está sola es porque su madre está alimentándose en el fondo del mar, y no quiere que la madre deje de comer para subir a la superficie. Por otro lado, el capitán cuenta que un ballenato es como un bebé humano, lo rompe todo. Le encanta lo nuevo, y si el barco se queda parado la cría se va a acercar para jugar con él. Se puede hacer daño con las hélices de los motores y también puede hacer estragos en el barco, al fin y al cabo es un animal que pesa cuatro toneladas. Seguimos avanzando por el golfo, y seguimos viendo más ballenas. Esta vez hemos parado el motor y cuatro ballenas nos rodean. En un momento determinado, una ballena con su cría pasan por debajo de la embarcación. Sentimos perfectamente la piel de una de ellas frotándose contra el casco de la nave. La cercanía de las ballenas es tal que podemos observar con todo tipo de detalle las características callosidades de la ballena franca austral. También vemos un tipo de úlcera en la piel que las gaviotas están usando para atacar a las ballenas - han aparecido varios ejemplares muertos en los últimos meses -. A veces las ballenas se aproximan al barco con tanta decisión que llega a dar miedo. Ahora comienza el show de las colas. Lentamente, rítmicamente, pausadamente, la cola de la ballena sale del agua para inmediatamente después sumergirse de nuevo. Lo están haciendo varias ballenas a nuestro alrededor. Veo a dos ballenas mostrando la cola simultáneamente. Es la apoteosis de esta primera navegación, miremos hacia donde miremos, hay ballenas, debe haber unas 20 o 30, por todas partes. Cuesta asimilar tanta emoción, y las 2 horas y media de avistaje llegan a su fin sin que hayamos sentido pasar el tiempo. Estamos tan exultantes al llegar de vuelta a Puerto Pirámides, que antes mismo de desembarcar de la lancha, Cecília anuncia: "vamos a salir otra vez hoy al atardecer". SEGUNDO AVISTAJE Vinimos a Península Valdés a ver las ballenas, y vaya que si lo íbamos a hacer. Primero vamos a comer, mientras aguardamos la confirmación de que si va a haber navegación a las 5 de la tarde - el tiempo está cambiando y están soplando vientos fuertes -. A las 4.30, con la navegación confirmada, estamos una vez más en las oficinas de la Moby Dick. La navegación del atardecer es más cara, cuesta AR$150, porque dura entre tres horas y media y cuatro. El barco sale cuando el sol todavía está alto, y solo regresa después de que el sol se haya puesto, casi en completa oscuridad. Nos avisan que esta vez conviene ponerse la capa amarilla, hace bastante frío en el barco después de la puesta de sol. Y aquí estamos de nuevo, saludando a nuestro héroe ballenero. Al poco de salir de la bahía nos damos cuenta de que las condiciones del mar han cambiado sustancialmente con respecto a la mañana. El mar está bien picado, y no sabemos qué nos espera por delante. Saliendo de la bahía, acompañamos la costa derecha, donde se encuentra la lobería, ahora casi vacía. En la temporada de reproducción, 1.500 ejemplares cubren la zona. Ahora solo una docena de lobos se encuentran en el lugar. Uno de ellos se exhibe desafiante a nuestro paso. Además de los lobos, observamos todo tipo de aves marinas, incluyendo numerosos petreles gigantes que encontraremos durante toda la navegación. Como el mar está picado, el capitán no sale al centro del Golfo, y va acompañando la costa. Durante la primera hora de navegación, solo avistamos ballenas a lo lejos. Como nos cuenta Alonso, si a nosotros no nos gusta el mar picado, a las ballenas tampoco. Para evitar acabar con veinte personas mareadas, seguimos bordeando la costa. Después de un buen rato, empiezan a aparecer algunas ballenas cerca de la costa. La luz del atardecer es maravillosa - especialmente comparada con la durísima luz del mediodía - y nos permite sacar alguna bonita instantánea. Pero no hay alternativa, si queremos ver ballenas, vamos a tener que salir al centro del golfo. El capitán avisa que nos vamos a mojar, y allá vamos. Fue difícil registrar lo que vimos en las dos horas siguientes, con una mano había que agarrarse a alguna parte de la lancha para no salir despedido, con la otra había que cubrir la cámara de las olas que regularmente batían el barco. Alonso, prismáticos en mano, intentaba distinguir ballenas entre las crestas de tantísimas olas. Vimos ballenas, más de una docena, pero ellas también parecían preocupadas con el estado del mar. A veces, entre ola y ola, aparecía el lomo gigantesco de una ballena como si fuera un submarino nuclear. Se iba acercando la puesta de sol y el estado del mar no mejoraba. Un ejemplar realizó un espectacular salto fuera del agua que conseguí fotografiar a duras penas (reproduzco la instantánea por su valor testimonial, no por su calidad fotográfica). No se cómo, pero Alonso sabía que ese joven ejemplar venía para exhibirse. Y así fue, pocos minutos después, emergió completamente fuera del agua dando un espectacular salto justo delante del barco. Cuando apreté el disparador con la mano que tenía libre, solo conseguí capturar la gigantesca cantidad de agua que la ballena desplazó al caer. "Ola", se oyó gritar, y segundos después una capa de agua nos cubrió. "Va a saltar de nuevo" anunció Alonso, y así fue. No una, ni dos ni tres veces. Cuatro veces saltó la ballena delante de nuestra embarcación, como si se tratara de un delfín acompañando a un barco. Fue impresionante. Por la composición de las nubes se podía anticipar una bella puesta de sol. Y fue así, la parte inferior del horizonte se tiñó de rojo y pareció incendiarse. El sol se acababa de poner. Para acabar con nuestro sufrimiento, el capitán había aproximado la lancha a la costa, donde el mar estaba más tranquilo. Pero no paraba de escudriñar el horizonte. Después de lo que habíamos sufrido a manos de las olas, no quería dejarnos volver a puerto sin mostrarnos algo muy especial. No esperamos mucho, la cola de una ballena entró y salió rápidamente del agua, en un tímido ballet. Todavía no consigo explicarme lo que pasó a continuación. Pero Alonso encontró una ballena que sabía que iba a darnos un espectáculo muy especial. Y con el mar picado y todo, consiguió colocarla entre nosotros y el telón de fondo del cielo enrojecido. Y cuando todo el mundo pensaba que el espectáculo ya había acabado, vino ella. Orgullosa, presumida, despampanante. Nada de sacar la cola fuera para sumergirse inmediatamente después. Eso es de ballena vulgar y corriente. Lo que este ejemplar único presentó ante nuestros ojos será difícil de olvidar. Sacó la cola fuera del agua, a pocos metros de la embarcación, y la mantuvo casi inmóvil durante interminables segundos, hasta sumergirse de nuevo. Y volvió a repetir la exhibición. Otra vez. Y otra vez más. Seis o siete veces mostró la cola. Cada vez más cerca del barco. La última vez no fue posible conseguir encuadrar la cola de tan cerca que la ballena se aproximó de nosotros. Ya no importaba. Se podían oír los latidos de los corazones de todos los allí presentes. Y la sonrisa de felicidad de un capitán que sabía que las ballenas nunca le decepcionarían. "Qué espectáculo, ¿eh?", espetó. "Os lo merecíais por haber aguantado todo ese oleaje", añadió. Ni sentimos la vuelta a puerto, en la oscuridad, con los motores a su máxima potencia. Estábamos bajo el efecto del encanto de la ballena. |
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Las fotos y textos de de Viaje a la Patagonia están bajo una licencia Creative Commons |
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